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viernes, 10 de febrero de 2012

La Soberbia...

A veces , cuando entrenamos, hay técnicas que no terminan de salirnos bien; el Maestro nos corrige y nuestra reacción es variada: se asume con resignación y con ánimos de mejorar y en otras ocasiones manifestamos malestar golpeando el tatami, pidiendo perdón en tono extraño...

Hace poco nuestro Maestro apreció esas reacciones y apeló a reflexionar sobre eso. En concreto lo identificó como pura soberbia derivada del orgullo, del ego mal encaminado...

Por tanto leamos lo que dicen Don  Enrique Rojas, catedrático de Psiquiatría, en su su último libro " Adiós Depresión (EL MUNDO, 01/03/08)":

La soberbia consiste en concederse más méritos de los que uno tiene. Es la trampa del amor propio: estimarse muy por encima de lo que uno vale. Es falta de humildad y por tanto, de lucidez. La soberbia es la pasión desenfrenada sobre sí mismo. Apetito desordenado de la propia persona que descansa sobre la hipertrofia de la propia excelencia. Es fuente y origen de muchos males de la conducta y es ante todo una actitud que consiste en adorarse a sí mismo: sus notas más características son prepotencia, presunción, jactancia, vanagloria, situarse por encima de todos lo que le rodean. La inteligencia hace un juicio deformado de sí en positivo, que arrastra a sentirse el centro de todo, un entusiasmo que es idolatría personal.

Hay dos tipos de soberbia; una que es vivida como pasión, que comporta un afecto excesivo, vehemente, ardoroso, que llega a ser tan intenso que nubla la razón, pudiendo incluso anularla e impedir que los hechos personales se vean con una mínima objetividad. La otra es percibida como sentimiento cursa de forma mas suave y esa fuerza se acompasa y la cabeza aún es capaz de aplicar la pupila que capte la realidad de lo que uno es, aunque sólo sea en momentos estelares. Entre una y otra deambula la soberbia, transita, circula, se mueve y según los momentos y circunstancias hay más de la una o de la otra.

La soberbia es más intelectual y emerge en alguien que realmente tiene una cierta superioridad en algún plano destacado de la vida. Se trata de un ser humano que ha destacado en alguna faceta y sobre una cierta base. El balance propio saca las cosas de quicio y pide y exige un reconocimiento publico de sus logros. Para un psiquiatra , estamos ante lo que se llama una deformación de la percepción de la realidad de uno mismo por exceso.

Ante la soberbia dejamos de ver nuestros propios defectos, quedando éstos diluidos en nuestra imagen de personas superiores que no son capaces de ver nada a su altura, todo les queda pequeño.

Hay una gradación entre las tres estirpes, soberbia-orgullo-vanidad, que van de más a menos intensidad, tanto en la forma como en el contenido. Entre la soberbia y el orgullo hay matices diferenciales, aunque el ritornello que se repite como denominador común puede quedar resumido así: apetito desordenado de la propia valía y superioridad. Es una tendencia a demostrar la superioridad, la categoría y la preeminencia que uno cree que tiene frente a los de su entorno. En general estos dos conceptos se manejan como términos sinónimos, aunque se pueden espigar algunas diferencias interesantes.

La soberbia es más cerebral, se da en alguien que objetivamente tiene una cierta superioridad, que realmente sobresale en alguna faceta de su vida. Facetas concretas de su andadura tienen un relieve que las realzaba sobre los demás. Hay una evidencia por la que puede ser tentado por la soberbia, no necesitando del halago de los otros y haciendo él mismo su propio y permanente elogio de forma clara y difusa, rotunda y desdibujada, a tiempo y a destiempo, con ocasión y sin ella. Sus manifestaciones son más internas y privadas, aunque pueden ser observadas por una atmósfera grandiosa que él crea sobre su persona y además, a través de sus máscaras; hay arrogancia, altanería, tono despectivo hacia los demás, que se mezclan con desprecio, desconsideración, frialdad en el trato, distancia gélida, impertinencia e incluso, tendencia a humillar. Otras veces, esas máscaras son de una insolencia cínica, mordaz, con un ritintín de magnificencia que provoca en el interlocutor un rechazo frontal. En los casos algo más leves, baja la hoguera del engreimiento y entonces la relación personal se hace más soportable.

El orgullo es más emocional. Es una alta opinión de uno mismo mediante la cual la persona se presenta con una superioridad y un aire de grandeza extraordinario. Puede ser lícito y hasta respetable. Decía Luis Vives que «es un amor a uno mismo por méritos propios». Puede ponerse de manifiesto en circunstancias positivas, en donde el lenguaje coloquial se mezcla con hechos e intenciones. En esos casos dimana de causas nobles y puede ser hasta justo. El orgullo de ser un buen cirujano, un buen padre, un excelente poeta, ser de una región concreta de un país… Todo esto está dentro de unos límites normales. Puede encuadrarse en el reconocimiento a una labor bien hecha.

La palabra vanidad procede del latín vanitas,-tatis, que significa falto de sustancia, hueco, sin solidez. Se dice, también, de algunos frutos cuyo interior está vacío, en donde sólo hay apariencia. Mientras la soberbia es concéntrica, la vanidad es excéntrica. La primera tiene su centro de gravedad dentro, en los territorios más profundos de la arqueología íntima. La segunda es más periférica, se instala en los aledaños de la ciudadela exterior. La soberbia es subterránea. La vanidad está en la pleamar del comportamiento. En la soberbia uno tiene una enfermedad en el modo de estimarse uno a sí mismo, en una pasión que tiene sus raíces en los sótanos de la personalidad en donde brota el error por exceso de autonivel. En la vanidad la estimación exagerada procede de fuera y se acrecienta del elogio, la adulación, el halago, la coba más o menos afectada y obsequiosa que lleva a dilatar alguna faceta externa y que de verdad tiene un fondo falso, porque no contempla más que un segmento de la conducta.

En la soberbia y en la vanidad hay una sublevación del amor propio que pide un reconocimiento general. La primera es mas grave, porque a ella se suele añadir la dificultad para descubrir los defectos personales en su justa medida y apreciar las cosas positivas que hay en los demás, al permanecer encerrado en su geografía ampulosa.

Se pueden distinguir dos modalidades clínicas de la soberbia, entre las cuales cabe un espectro intermedio de formas soberbias. Una es la soberbia manifiesta que es notarial y que se la registra a borbotones, con una claridad absoluta, lo cual suele ser poco frecuente. Hay petulancia y presunción. La otra es la soberbia enmascarada, que es la más habitual y que se camufla a soto voce por los entresijos de la forma de ser y que es más propia de las personas inteligentes y teniendo un sentido amplio y desparramado que asoma, se esconde, salta y bulle y revolotea por su mundo personal. ¿Cuáles son estos síntomas? Voy a resumirlos esquemáticamente:

1.- Aire de suficiencia que refleja un bastarse a sí mismo y no necesitar de nadie. Engreimiento que esculpe y hace hierático el gesto y lleva al hábito altanero.

2.- La borrachera de sí mismo tiene su génesis de una zona profunda e íntima donde se elabora esa superioridad. Las manifestaciones más relevantes son: susceptibilidad casi enfermiza para cualquier crítica con un cierto fundamento; gran dificultad para pasar desapercibido; tendencia a hablar siempre de sí mismo, si éste no es el tema central de conversación, enseguida decae su interés en la participación y el diálogo con los demás; desprecio olímpico hacia cualquier persona que aflore en su cercanía y de la que se pueda oír alguna alabanza. Esta embriaguez puede disfrazarse de los más variados ropajes

3.- La soberbia entorpece y debilita cualquier relación amorosa. Cuando alguien tiene un amor desordenado a sí mismo como el descrito, es difícil darse a otra persona y poner los sentimientos y todos sus ingredientes para que esa relación se consolide. Esto hace casi imposible la convivencia, volviéndola insufrible, pues reclama pleitesía, sumisión, acatamiento y hasta servilismo.

No podemos olvidar, que para estar bien con alguien, para establecer una relación de convivencia estable y que funcione hace falta estar primero bien con uno mismo

4.- En la soberbia se hospeda una obsesión exagerada por uno mismo, que ha ido conduciendo a una excesiva evaluación del propio mérito. Y afloran términos como alardear, jactarse, vanagloriarse.

Lo contrario de la soberbia es la humildad. Todo el edificio de la persona equilibrada se basa en una mezcla de humildad y autoestima. La una no está reñida con la otra. Una persona que reconoce sus defectos y lucha por combatirlos y a la vez, tiene confianza y seguridad en sus posibilidades.

Entre la soberbia, el orgullo y la vanidad hay grados, matices, vertientes y cruzamientos recíprocos. Por esos linderos se suele acabar en el narcisismo, patrón de conducta presidido por el complejo de superioridad, la necesidad enfermiza de reconocimiento de sus valías por parte de la gente del entorno y la permanente autocontemplación gustosa.

Lasch, en su libro La cultura del narcisismo, dice que en la cultura americana éste es un emblema de nuestro tiempo. Freud puso de moda este término, recordando a la planta del narciso, que crece a orillas de los estanques y se mira en el espejo que el agua le ofrece. Lipovetsky, en su obra La sociedad perdida, habla del interés desmedido por la propia imagen: por la personalidad, por el cuerpo y sus partes descubiertas (la cara y las manos) y por la necesidad de aprobación de los demás que tienen este tipo de personas. El análisis se complica más de lo que quisiéramos y hay un terreno magnético e imantado entre estas tres estirpes mencionadas.

Sólo el amor puede cambiar el corazón de una persona. Cuando hay madurez, uno sabe relativizar la propia importancia, ni se hunde en los defectos ni se exalta en los logros. Y a la vez, sabe detenerse en todo lo positivo que observa en los que le rodean. Saber mirar es saber amar. A lo sencillo se tarda tiempo en llegar.


sábado, 22 de octubre de 2011

Anatomía de un Ataque

El siguiente artículo fué prepararado con la amable colaboración de Jason Wotherspoon de Australia

Percibimos un ataque cuando consideramos que nuestras vidas o nuestro bienestar están en peligro, o cuando creemos que nuestro territorio, físico o psicológico, ha sido invadido. Por ejemplo, un niño de tres años que está enojado, sacude sus brazos y se aproxima a un adulto, normalmente tal hecho no es considerado como un ataque. Es decir, el adulto no considera la acción del niño como una amenaza física. Sin embargo, si el mismo adulto es objeto de un asalto a mano armada, sin duda sentirá que ha sido agredido. Imaginemos un tercer caso, en el que un experto en artes marciales se enfrenta a un hombre armado con un cuchillo. Es concebible que tal individuo debido a sus largos años de entrenamiento y de preparación mental, de ninguna manera se comportaría como si estuviera en una situación de emergencia y que de hecho aplicaría una medida apropiada a las circunstancias. En los tres casos la cuestión de si ha o no ocurrido un ataque, depende de la percepción de la persona atacada o de la persona que evalúa la escena.

En el reino psicológico, tenemos una situación análoga que puede ser, no obstante, infinitamente más compleja. Si un individuo siente que una acción (que no sea una agresión física obvia) o palabras, o la combinación de ambos, constituyen una amenaza a su bienestar mental o emocional, o una invasión a su territorio psicológico, probablemente actuará de una manera defensiva o contraofensiva. Nuevamente, lo que es importante no es el evento externo en si mismo, sino la percepción que tengamos de dicho evento. Por ejemplo, podemos ignorar totalmente alguna observación hecha por un amigo o familiar, sin embargo, las mismas palabras dichas por nuestro jefe, pueden ser muy amenazantes, ya que es él quien posee las llaves de nuestro bienestar económico. También podemos percibir un ataque, aún sin ser los destinatarios del discurso o comportamiento agresivo. Tomemos el caso de un hombre celoso que se siente “personalmente atacado” cuando un tercer individuo le presta demasiada atención a su esposa o amante (considerada psicológicamente como propiedad suya). De hecho, no es necesario que el “atacado” esté presente en ese momento. El simple informe del acto de agresión puede ser suficiente para que alguien “perciba” un ataque.

Por consiguiente, los tres ingredientes que parecen combinarse para producir un “ataque” son: la víctima (alguien que se perciba a sí mismo como amenazado) un agresor (quien puede estar o no consciente de su papel), y el instrumento del ataque tangible o intangible.

Si partimos de la premisa de que un ataque depende de la percepción de la víctima o de quien observa el evento, entonces prácticamente cualquier persona o grupo puede desempeñar el papel de atacante. Por consiguiente, cualquier intento de enlistar las características que distinguen a los “atacantes” sería forzosamente incompleto. Sin embargo, creo que es seguro decir que existen ciertas imágenes estereotipadas que la mayoría de nosotros identificaría como tipos de “atacantes”: un hombre grande físicamente con una cara “siniestra”, un individuo armado a punto de cometer un acto de violencia física, una persona verbalmente agresiva, una persona que invade los límites de nuestro espacio personal, la gente emocionalmente perturbada, alguien en posición de poder, real o imaginado, con respecto a nosotros y con quien no estamos en buenos términos, etcétera. En un nivel superior de abstracción, el atacante puede ser reconocido como grupo. Por ejemplo, la Alemania nazi, los comunistas, imperialistas, estudiantes radicales, el Ku Klux Klan, etcétera.

Si el agresor manifiesta su poder o fuerza de innumerables maneras, la víctima, por otra parte, revela su debilidad en cierta forma. ¿Cuáles son las imágenes mentales que se evocan al mencionar la palabra “víctima”? Quizá una persona físicamente pequeña, de apariencia débil, alguien cuya postura y lenguaje corporal sugieren pasividad y retracción, el individuo verbalmente inarticulado o indeciso, personas con dificultades financieros, o alguien que no esta en plena posesión de sus facultades mentales, encajaría en nuestra preconcepción de lo que es una “típica víctima”. Nuevamente, mientras el atacante puede ser identificado como grupo o institución, también la víctima puede demostrar que forma parte de un grupo o clase de individuos (los pobres y iletrados, el Tercer mundo, los contribuyentes, trabajadores, etcétera).

Al investigar la mecánica de un ataque, hemos aludido varias veces al uso de un arma o a ciertos patrones de comportamiento a los que llamaremos “instrumentos de ataque”. Estos pueden ser un objeto físico: un palo, cuchillo, pistola, puño, etcétera. Ejemplos menos tangibles de instrumentos de fuerza serían: diversas formas de expresión verbal o la coerción que lleva al la excitación emocional (gritos, críticas, insultos) la amenaza de fuerza física (“¡Te romperé los dientes!”), el uso de presión económica (“!si quieres conservar tu trabajo, has lo que te digo!”), o quizá el ejercicio de algún tipo de presión social o política (“para ser franco, Sr. Senador, si ésta propuesta no es aprobada, no creo que nuestra organización sea capaz de seguir apoyando su candidatura en la próxima elección”). Incluso la “reputación” de una persona puede ser utilizada a voluntad, como arma psicológica, si se conoce su uso o abuso potencial. (“!El Sr. X es un verdadero manipulador!” o “Ese tipo acosa a cada mujer que tiene a la vista) Tale ejemplos de uso de fuerza, varían de lo extremadamente obvio a lo increíblemente sutil.

¿Qué es lo que el practicante de Aikido obtiene al comprender la “anatomía de un ataque? Todos nos convertimos en “atacantes” y “víctimas” voluntariamente o no, en numerosas ocasiones a lo largo de nuestras vidas. Asumiendo que la mayoría de nosotros consideramos el ideal marcial de O-Sensei como un modelo relevante y factible que puede ser aplicado sistemáticamente en nuestra vida diaria y no solamente como un vago “sueño imposible”, entonces podríamos echar un largo vistazo a nosotros mismos e intentar descubrir cómo nos ven los demás. ¿Inspiramos confianza o desconfianza, amor o miedo, respeto o compasión? ¿Cómo podemos reformar nuestras imágenes de manera que evoquen en otros la clase de respuesta que deseamos de ellos? ¿Qué patrones de comportamiento podemos usar o evitar para armonizar mejor con aquellos que nos rodean? La verdadera reflexión de tales cuestiones puede conducir a la aplicación consciente de los principios del Aikido en todas las áreas de nuestras vidas y de paso, ampliar la influencia constructiva del Aikido en la sociedad en conjunto.

Fuente:por Stanley Pranin Aiki News #32 (December 1978)
Traducido por Angye Alejandra Bahena García

sábado, 8 de octubre de 2011

HUMOR: Eficacia Marcial...

Un clásico que circula por la Red 



...el futuro de las Artes Marciales está asegurado.



jueves, 29 de septiembre de 2011

Cuatro formas de tolerancia...

La mayor fuerza de la humanidad no consiste en armas de fuego, puños, ni en un poderío militar, sino en la capacidad de tolerancia. Todo tipo de fuerza debe inclinarse delante de quien tolera.

Hay cuatro principios para la tolerancia:


1. No responder a las blasfemias

Cuando somos insultados, provocados o acusados injustamente debemos responder con el silencio. Si respondemos de la misma forma cuando somos víctimas de la blasfemia, nos igualamos con aquellos que nos insultan, rebajando nuestro nivel. Si nos mantenemos en silencio usándolo como arma contra las blasfemias, evocando la conciencia de quien las pronunció, esta fuerza es, naturalmente, mayor.


2. Mantenerse calmado frente a los infortunios

Cuando nos encontramos con personas que nos quieren incomodar derrumbar u oprimir, debemos enfrentarlas con calma, evitando cualquier confrontación. No responder con un puñetazo cuando se recibe uno, ni responder con un puntapié cuando se recibe otro, pues de esta confrontación nadie sale vencedor. Si la intención es buscar venganza de un odio momentáneo, no alcanzará el éxito de grandes hazañas.



3. Compasión frente a la envidia y el odio

Frente a la envidia y el odio de otros no debemos responder igualmente con odio y envidia, sino con corazón abierto y alma compasiva, ofrecer nuestra amistad y mostrarles nuestra intención pacífica, demostrando así, con educación, nuestra superioridad.


4. Gratitud frente a las difamaciones

Si alguien lo insulta y difama, no se enoje con quien lo provocó, sino acuérdese de los beneficios que esa persona le proporcionó en el pasado y sea agradecido por eso. Principalmente, no se olvide de que en el fango más inmundo crece la impecable flor de loto. Cuanto más oscuro es el lugar, mayor es la necesidad de mantener encendida la luz del alma. Por lo tanto, ante las difamaciones, aquellos que nos difaman deben ser influenciados con ética, compasión y misericordia; solamente así la superaremos, con moralidad y tolerancia.

El verdadero vencedor tiene la fuerza de la tolerancia y el coraje de asumirla frente a los insultos, opresiones y humillaciones. Y esa fuerza –la tolerancia– es ciertamente superior a cualquier tipo de armamento y es capaz de superar cualquier situación desagradable.

Maestro Hsing Yun


El Venerable Maestro Hsing Yun es el fundador de la orden budista Fo Kuang Shan y de su sede internacional en Kaoxiong, Taiwán. Nació en Jiangdu, en la provincia de Jiangsu, China, en 1927. A la edad de doce años se convirtió en un monje novicio con el  Maestro Chi Kai en Zhi Xia Shan, un monasterio en la montaña, en la provincia de Nanjing. Fue plenamente ordenado en el año 1941 y tuvo su entrenamiento monástico formal en la Escuela Vinaya Chi Xia y en el Colegio Budista Chiao-Shan.


Desde edad temprana él ha realizado el voto de revitalizar el Budismo humanitario. En 1949, China continental estaba envuelta en una guerra civil, por lo cual el  Maestro Hsing Yun dejó su tierra natal y fue hacia Taiwán. Durante cerca de medio siglo la fuerza de su voto le ha permitido comenzar una nueva era para el Budismo Humanitario. Su visión e incansables esfuerzos han influido en los estudios y prácticas de Budismo en Taiwán y en los cinco continentes.


Reconocido por sus intrépidos e innovadores métodos de propagación de las enseñanzas budistas para satisfacer las necesidades contemporáneas, el Maestro Hsing Yun ha establecido más de ciento setenta templos filiales en todo el mundo. Además ha fundado cuatro universidades públicas, dieciséis colegios budistas, veinte bibliotecas, dos casas editoriales, nueve galerías de arte, una clínica de salud móvil gratuita y una estación de televisión, como medios para llevar el Budismo a la gente.


Desde su retiro como abad de Fo Guang Shan, el  Maestro ha viajado a través de todo el mundo para propagar el Dharma. Él ha percibido la gran necesidad de Budismo de las personas de diversas clases sociales en el desafiante ambiente de hoy. Para satisfacer esas necesidades y para proporcionar a los fieles las oportunidades para que unan sus fuerzas en la propagación del Budismo humanitario, fundó la Asociación Internacional Luz de Buda (cuya sigla en inglés es BLIA) en Taiwan, en el año 1990. En 1992 fue inaugurado el Centro Mundial en USA. Desde entonces han sido establecidos más de cien centros internacionales.


A través de métodos modernos y sistemáticos, el  Maestro Hsing Yun ha propagado las semillas del Budismo humanitario en todo el mundo.


También te puede interesar : El Arte de la Felicidad cortesía de Carina  - entrenandoaikido -



domingo, 4 de septiembre de 2011

Mi turno...


¿Pares o nones? uhmmmm!! nones!!...siiiii! salió nones así que hoy toca escribir sobre experiencias personales en el tatami.

Tod@s los que practicamos Aikido sabemos que normalmente las técnicas que nos regala el Maestro  después las repetimos nosotros , los alumnos , en series de 4 en 4. Es decir: primero uno , dos veces por la izquierda y luego dos veces por la derecha o también dos veces en omote y dos veces en ura. ¿Es fácil? ¿no? ¡¡¡pues no os creáis !!!!!.

A veces estamos tan "concentrados", pero en cosas indebidas (yo,mi,me,conmigo) , que se nos olvida el número de veces que llevamos y , haciendo de Uke, uno observa que el Tori de turno sigue y sigue (como las pilas del conejito).

Cuando esto pasa, normalmente por cortesía, uno decide seguir unas cuantas más siendo su Uke; hasta que por fin dices: “¡¡Ya!!, Ahora me toca a mí...” . En ocasiones (pocas) hasta se observan caras de asombro (incluso de malestar) por haber cortado la serie de repeticiones y el bucle mental en el que entró, pero es que ¡¡muchach@!!! el aikido es cosa de dos...!!

Sin embargo también es cierto que en ocasiones (muchas , afortunadamente) un@s y otr@s cedemos gustosamente más repeticiones al compañero para que termine de ver cómo era el movimiento, o lo que corrige el Maestro...eso es cortesía y compañerismo.

Otro detalle curioso es cuando estando cerca el Maestro,corrige a otros compañeros; entonces, tal y como establece el protocolo, uno señala al Maestro y detiene la serie que se estaba desarrollando para ponerse en Seiza y atender a las correcciones.

¡¡Uff!! Si uno está de Tori es distinto a si está de Uke; pues a veces da la sensación de que al Tori (que se ve "obligado" a parar) parece que le molesta perder su dosis de repeticiones en  pro de atender las  indicaciones sobre cómo hacer o cómo no hacer,  que nos comentan los que saben...(Más yo, mi, me, conmigo)  

Seguimos la clase y afloran más detalles; el Maestro nos dice que para entrenar es necesario tener: buena postura, distancia y actitud...unos segundos para reflexionar sobre eso son verdaderamente importantes y es cierto que a todos se nos olvida (aunque pienso que a unos más que a otros)

Me explico: Tomo por ejemplo la distancia,  a veces da igual: -  ¡¡¡ lo importante es que me salga bien la técnica y al Uke le proyecte quien sabe ande!!!!  - , parece que se debe de pensar, pero ¡¡¡jo!!!! , es que el tatami tiene una extensión limitada y al igual que España limita al Norte con Francia  al Oeste con Portugal y esas cosas, en otros lugares el tatami limita con el suelo (si, ese que es duro y duele), con un espejo, con unas espalderas, columnas amenazadoras e incluso, aunque no los veamos,  entre medias hay entes animados, también llamados compañeros, con los que al chocar sin control, curiosamente y por efectos de la física se producen consecuencias no deseadas...

Quizá de nuevo otra dosis de Yo, mi, me, conmigo.

Otro concepto es la actitud: toca el turno de ser Tori, adquirimos más o menos un buen Kamae (postura) , Ma ai (distancia)  y Zanshin, una actitud de alerta, atenta, relajada...;recordando las palabras de un gran Maestro que dice que se reciba al Uke como si de un saludo afectuoso se tratara (entrando en irimi), pues eso, preparado estoy.

Se inicia el ataque y en cuestión de segundos observamos un trolebús que viene hacia nosotros, al que además debemos de deberle dinero o algo parecido pues se le intuye una potencia de ataque considerablemente superior a lo esperado en un entorno de entrenamiento;pasan las décimas de segundo oportunas y uno ha de decidir:

¿Se aplica la técnica con rigor al principiante , o no tan principiante,  pudiendo causarle un daño serio que no es capaz de preveer? ¿Se aplica mal con la intención de no hacer daño y ganarse  la corrección del profesor de que "eso que has hecho es un churronage"? ¿Se le explica al Uke que estamos entrenando y que , aunque el ataque ha de ser sincero y bien dirigido, en todo caso  las guerras samuráis acabaron hace unos siglos y no es necesario lanzarse a degüello contra el compañero Tori? 

Todo esto en décimas de segundo...complicado, se me antoja...

Por último, en el amplio abanico de la experiencia de los Turnos,  el "yo a ti sí (te crujo) pero  tú a mí con cuidadito" (jaja!!!, os sonreís, os siento), o el "te lo hago suavito para que te acuerdes en tu turno" , sobre todo cuando tocan Nikyo o Sankyo y sus respectivos Kimé.  Creo que estos últimos aspectos, se describen por si sólos.

Tori:Roberto Garcia
Uke: J.Ch (Musubi)

Koshinage

Hay más "momentos" sobre los que comentar las percepciones que cada un@ recibe cuando entrena, como por ejemplo:  - la diferencia de ser guiado con suavidad y Musubi o por el contrario sentir el concepto de ser tratado como "fardo del tren correo", -  la fase de selección de pareja en base a la "dureza" o no de la siguiente técnica a practicar, - la decisión de tratar de no entrenar con alguien en particular, - el tener en cuenta las condiciones físicas de un Uke en determinado momento y dejarle respirar o llevarle al límite... En fin,  un montón de matices. Quizá otro día que salga "nones" me animo a describir mi punto de vista (insisto, mi punto de vista), aunque desearía que algún compi más se animara a expresar su opinión al respecto.

Pues nada más por el momento, estas cosas que escribo son parte de la salsa del entrenamiento, de las formas de ser de todos nosotros (el que suscribe el primero), y las quería compartir pues creo que pueden ser situaciones que en alguna o en muchas ocasiones pasan por nuestras mentes. Si sirven para que algunas cosas se identifiquen, se puedan pulir y en todo caso mejorar, pues: estupendo… Si no es así, pues ya el Camino se encargará de ello, en su momento.


Un abrazo a tod@s

J.CH - Musubi (2011)                                   


PD: este artículo está basado en experiencias personales  totalmente subjetivas y cualquier parecido con la realidad puede ser pura coincidencia.





jueves, 1 de septiembre de 2011

Pelea entre lobos

Un viejo cacique de una tribu estaba teniendo una charla acerca de la vida con sus nietos.
Les dijo: Una gran pelea está ocurriendo en mi interior y es entre dos lobos.

Uno de los lobos representa la maldad, el temor, la ira, la envidia, el dolor, el rencor, la avaricia, la arrogancia, la culpa, el resentimiento, la inferioridad, la mentira, el orgullo, la competencia, la superioridad y la egolatría.

El otro la bondad, la alegría, la paz, el amor, la esperanza, la serenidad, la humildad, la dulzura, la generosidad, la benevolencia, la amistad, la empatía, la verdad, la compasión y la fe.

Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes, y dentro de todos los seres de la tierra.

Lo pensaron por un minuto y uno de los niños le preguntó a su abuelo:

Abuelo, dime… ¿Cuál de los lobos ganará?".

Y el viejo cacique respondió simplemente... EL QUE ALIMENTES.


martes, 30 de agosto de 2011

Los 7 espejos del Hakama

Hace unos días volví a los entrenamientos y en un detalle habitual, cotidiano en la práctica como es el vestirse, me vino a la mente un pensamiento que me gustaría compartir con todo aquel que quiera leer este texto.

Como decía antes, estaba en el vestuario cambiándome de ropa y llegó la hora de ponerme el Hakama; según me lo iba poniendo pensé en lo que ello suponía, es decir, los valores que cada una de sus tablas significa y por tanto, el ejercicio de "responsabilidad" que conlleva el que un tiempo atrás, el Maestro decidiera , al concederme el permiso de llevarlo, que puedo ser persona adecuada para hacer de ello y con ello, un modelo de forma de vivir y de dar ejemplo a los demás...

Aprovecho para recordar sus significados y sobre todo recomendar la lectura del artículo que escribió nuestro Maestro D. Lucio Álvarez Ladera: "...Los pliegues del hakama simbolizan las siete virtudes del budo, las que han de caracterizar al verdadero bushi: jin (benevolencia), gi (honor y justicia), rei (cortesía y etiqueta), shin (sinceridad), chu (lealtad) koh (piedad, compasión) y yuki (valor, coraje)...."

Haciendo un ejercicio de autoexamen, traté de mirarme en cada una de esas tablas-pliegues como si de un espejo se tratara, tanto en su aplicación en el tatami como en la vida en la calle, en el hogar...


El ponerme a ello me sirvió para darme cuenta de lo fácil que es olvidar en muchos detalles del día a día, la esencia de sus valores y con qué "frivolidad" nos enfundamos el hakama sin atender a lo que ello significa.

Hay uno de los párrafos del mencionado artículo del Maestro que reproduzco:

"...Enfrentarse día a día a nuestras debilidades, a nuestros defectos, a la pereza física y anímica; ser capaces de arrostrar los riesgos de vencer nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestra intransigencia, cumpliendo con nuestra condición de samuráis (servidores) del espíritu, bushis del Camino de la Unión, eso es coraje. Cortar nuestro ego de raíz con la espada de la verdad y de la honestidad, eso es valor. Valor del bueno. Hay una máxima que dice: “Es mucho más fácil morir por nuestras ideas, que vivir de acuerdo a ellas”. No es difícil morir o matar, lo difícil es vivir en consonancia con los principios de amor y armonía completos que promulga el Aikido y que debemos seguir quienes lo practicamos...."


Con este apartado me refiero a las reflexiones sobre situaciones en las que , por un lado aceptamos nuestro Arte como resolución no agresiva de conflictos, pero en una conversación de "machotes" nos alineamos o predicamos que: ¡¡... si uno se pone a ello..:!!!!!, el aikido revienta cabezas, brazos o higadillos; o por ejemplo cuando aceptamos la bondad de entrenar con noveles o compañeros de menor nivel, pero hay momentos en los que se baja el nivel de atención o de interés porque lo que queremos es que cambie el turno y hacer ese kotegaeshi en el que el uke vuela un par de metros. Y así...seguro que muchos más momentos que invitan a actuar con esa dualidad; la sensación es algo parecida a cuando Jesús le decía a Pedro: "...me negarás tres veces..."

En mis propias carnes lo viví cuando un individuo de 50 años le rompió el labio a mi hija de 17 años en una trifulca por una tonteria...cuando me lo encontré de cara, tuve una reacción de lo peor, si no es por la Policia Local presente, no sé que hubiera pasado...Analizándolo después como aikidoka sentí vergüenza por mi reacción y actitud ante ese hecho.

A veces pienso que debería haber hakamas con pliegues de "quita y pon" y que en un autoejercicio de sinceridad, honestidad, humildad y demás valores, el aikidoka que se lo enfunde deberia sólo añadir los pliegues que se cree merecer...a lo mejor incluso, en algunos momentos, entrenar sin él por aquello de no "ningunear" su importante significado. No quiero ni pensar en una ceremonia de "degradación".

Hablando en positivo creo que el enfundarse en él también debe ayudarme a recordar esos valores y que se permita algo así como el hecho de recibir una recarga de sensaciones-valores que nos ayuden, cada vez que los miramos, a no perder la guía del camino que un día, cuando nos cedieron esa prenda, decidimos asumir y mantener el compromiso que conlleva.

Y así, como en esos espejos que al final nos devuelven quizá una imagen distorsionada y más real de la que creemos tener, se puede hacer con más conceptos-espejos donde podemos mirarnos y que nos envuelven al practicar el Aikido: el entusiasmo, la constancia, el empuje, la sencillez, etc...

Aunque a veces hablo en plural en el artículo, quiero insistir en que esto que escribo es una reflexión propia y muy personal...y que espero que, quien lo lea, así lo entienda y por supuesto no tiene porqué compartir o estar de acuerdo conmigo.

Un abrazo
(J.Ch - Musubi - octubre 2010)





lunes, 29 de agosto de 2011

No...

No interfieras, muchas cosas se solucionan por sí mismas.
No te quejes, quien más y quien menos, todos tienen sus problemas.
No te justifiques, sólo di tu verdad tranquila y claramente.
No hables de ti mismo, aprende también a disfrutar escuchando.
No critiques, mira antes dentro de ti.
No te exhibas, basta con que tú mismo te aceptes, no hay nada que demostrar.
No busques consideración en los demás,Tu propia consideración es más que suficiente.
No te compares, siempre habrá quién sea más y quién sea menos que tú.
No estés de mal humor, una sonrisa sincera atrae la buena suerte.
No malgastes, pocas cosas necesitamos de verdad.
No contamines, ni con deshechos ni con palabras.
No perjudiques a nadie, por la noche podrás dormir a pierna suelta.
No te autoengañes, mírate de nuevo como si no te conocieras.
No te sientas bajo presión, Igualmente, cada día, saldrá el sol.
No te compadezcas a ti mismo,haz lo que debas, lo demás no está en tu mano.
No prometas nada que no puedas cumplir, decir y hacer debe ser la misma cosa.
No temas nada, acepta la realidad tal cual.
No esperes nada, sólo existe hoy, disfruta con lo tuyo.
No desees lo que no es,muévete a favor de la corriente como buen uke.
No te aferres a nada, las cosas vienen y van, de manera natural.
No dejes que la tristeza te subyugue, espera un poco y se irá como la niebla.
No pierdas la fe,tú tienes tu sitio en el Universo.
No atiendas a los halagos, apílalos en el mismo rincón que a los desprecios. 

TORI: José Samiñán
De mi compañero aikidoka "Sami"
Diciembre 2005



lunes, 22 de agosto de 2011

De Caminos, senderos y guerreros...

"...Todo sendero no se parece al otro. Siempre el sendero le corresponde al guerrero que le transita.

He visto gente caminando en el sendero, caer y desaparecer. He visto a otros caer levantarse y seguir caminado. He visto los que se pierden, otros que toman atajos que solo los llevan al principio.

También he visto senderos llanos y expeditos, algo anchos y tranquilos. Y los que más me han sorprendido son esos senderos pedregosos, angostos, maltrechos, los cuales llevan al mismo lugar que llevan todos y he visto a guerreros caminarlos sin frustrarse ni perderse.

Pero la visión más triste y desgarradora que he visto, es a los guerreros los cuales, el único obstáculo que se encuentran en la senda, es el de su propia sombra..."


Sobre la crisis del Aikidoka

"... En el fondo, lo que se encuentra detrás de todas esas “crisis”, no es otra cosa que el ego, el orgullo, el egoismo. Son sólo algunas de las formas de presentarse de entre las muchas y muy diversas manifestaciones del orgullo.

Al principio, traemos el orgullo al tatami como algo a destacar, meritorio, y formando parte básica de nuestro bagaje educativo, pues es tal como la sociedad (y nosotros mismos por ella estimulados) le considera: El orgullo, de la mano de la ambición, dentro del ámbito socio-económico-cultural de las sociedades “desarrolladas”, es virtud de prestigio y considerando irrefutable de nuestras acciones. Una persona distinguida puede perder hasta la camisa pero jamás el orgullo. Nuestro país y sus gentes, además, tienen fama de orgullosos. Era costumbre de los fijodalgos venidos a menos y muertos de hambre, echarse miguitas de pan sobre la pechera -sin camisa bajo el jubón-, para que pareciese que habían comido... Pero, ¿trabajar? ¡Hasta ahí podríamos llegar! Mucha culpa hemos de agradecerle a ese orgullo del atraso que hemos tenido con respecto a otros países de nuestro entorno. Desde el Gran Capitán a nuestros días los casos de personas “muy dignas”, terriblemente ofendidas por haberse dudado de su “dignidad” pidiéndoles cuentas del uso dado a los dineros públicos, se repite y repite como un eco o como la enfermedad del hipo.
Pero volvamos a nuestro camino.
El orgullo es esencial. Hemos de estar orgullosos de todo: de nosotros mismos, seamos como seamos; de nuestras familias y amigos, sean como sean; de nuestros trabajos, que fueren los que fueren sirven para “dignificarnos”; de nuestros logros, pertenezcan al ámbito que pertenezcan (incluso si pertenecen al ámbito de la delincuencia, la estafa o de su primo “el pelotazo”...). Orgullosos siempre, aunque se trate de méritos tan poco personales como el triunfo (la mayor parte de las veces triunfito) de nuestros allegados más o menos directos; o de Rafa Nadal, de las traineras de Orio, de nuestro equipo de futbol o de la canción que represente a España en Eurovisión, aunque sea más mala que la peste.

Y, como es normal, ese orgullo, se asoma tras la timidez del principiante, manifestándose en todo su esplendor en nuestro interior, y cauteloso fuera de él, pretendiendo, en el fondo, alcanzar la excelencia lo antes posible y por encima de la excelencia de los demás.

Luego, a medida que vamos viendo que esto, el Aikido, no es igual que otras actividades de carácter competitivo (se trate o no de deportes), que aquí no hay más rival que el ego mismo, y que no es asunto fácil, ¡ni siquiera para nosotros!, el ego se nos va presentando en formas más o menos camufladas. Incluso, cuando ya llevamos sobre nuestras espaldas años de práctica, suele aparecerse bajo el disfraz de la forma de luchar contra sí mismo; y nos convertimos entonces en más serios, sinceros y humildes que nadie. O sea, que nos sentimos orgullosos de ser humildes... Y menospreciamos a los que no siguen “nuestra línea”, a los que no hacen Aikido “de verdad”...

Y a mayor avance, más peligro de caer en trampas de las que nos es más difícil salir, porque son más sofisticadas y sutiles. El ego tiene esas cosas. Cuando se ve acorralado, se defiende como gato panza arriba...
....

Exigimos de nuestro arte (o de la vida) algo que nadie nos ha prometido. En lugar de adaptarnos nosotros –armonía-, queremos que sea el Aikido (o la vida) quien se adapte –discordia-. Queremos freír un huevo echándolo sobre un yunque y cascándolo a martillazos, y nos quejamos luego de que se haya chafado y de que siga crudo.

El ego sólo irá desapareciendo a medida que dejemos de alimentarlo. Las dudas se resolverán por sí solas en cuanto dejemos de preocuparnos de ellas. La armonía se consigue sintonizando con lo que se pretende armonizar, no forzándolo; dejando fluir y fluyendo con uke en los movimientos de Aikido, en el Aikido, y dejando fluir y fluyendo con la vida en todas sus facetas, fuera del tatami..."

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Extraído de un artículo de mi Maestro D. Lucio Alvarez
Sobre la crisis del AIkidoka

Musubi (verano 2011)